El colapso de mi mente era evidente, la loba que estaba detrás de mí, era una amiga de Kat y estaba riendo, victoriosa. Me rasguñó el vientre, haciendo que un hilo de sangre saliera de allí y manchara lo poco que quedaba de mi vestido. Yo estaba llorando, aunque no fuera lo más digno que me hubiera gustado hacer, no era algo que podía controlar.
Las miradas y los comentarios no eran mis únicos problemas. Muchos lobos comenzaron a acechar, incluso algunos que me habían jurado lealtad.
—¡Maldita!