Apollo
—Buenas noches, señor. Es un honor recibirlo.
Los dos hombres de la entrada se inclinaron un poco cuando bajé del auto. Hablaron con excesivo entusiasmo. No les presté atención; mantuve la mirada fija en el alto edificio de cristal que se alzaba sobre nosotros. Mantuve una actitud fría.
De reojo, los vi tragar saliva y mirar con nerviosismo a Austin, que estaba detrás de mí. Austin negó con la cabeza, como si les advirtiera que no insistieran. Cedieron.
No podía pensar en otra cosa desde