Grace
—Eres mía. Eres mi mujer.
Esas palabras me golpearon con más fuerza que su embestida. Se repetían en mi cabeza.
No sabía si debía preocuparme más que Apollo estuviera tan adentro de mí que sentía que me abría en dos o que me hubiera dicho esas palabras con tanta facilidad, sin siquiera pestañear.
Yo también lo había dicho, pero para entonces estaba deshecha. Temblaba, chorreaba, casi le suplicaba que me tocara. Estuve a punto de venirme con su lengua, mientras me recorría todo el sexo con