Apollo
En cuanto se conectó la videollamada y esos ojos de cierva me miraron con esa expresión inocente, perdí el control. Me eché hacia atrás y gruñí:
—Desnúdate para mí, princesa.
No era una petición. Era una orden y lo sabía.
—S-sí, señor —susurró.
—Buena chica.
No perdió ni un segundo. Sujetó la toalla y la fue bajando despacio, centímetro a centímetro, sin apartar la mirada de mí. El aire fresco le rozó la piel y se estremeció; ese pequeño movimiento bastó para que se me endureciera el miem