Alana se despierta sobresaltada al sentir un dolor punzante en su piel, mientras el ardor se extiende por sus extremidades. Aturdida, baja la mirada y se da cuenta de que han cambiado su ropa. Su corazón late con fuerza y su mente lucha por despejar las neblinas de la amnesia que la envuelve. El dolor en su cabeza se intensifica, y al mirar sus brazos y pies vendados, el temor la envuelve como una manta helada.
A su lado, un quejido de Izan la saca de su aturdimiento.
«¿Qué hace aquí? ¿Cómo lle