IZAN RIBEIRO
Fabián me esperaba con un equipo médico, y su expresión era de pura preocupación. Al verlo, un dolor punzante me atravesó el pecho. Su bata médica estaba manchada de sangre, lo que aumentó mi angustia.
—Te juro que si algo le pasó a Alana o a mi hijo… —lo agarré del cuello con desesperación.
—¡Deja de hablar estupideces! —me espetó Fabián, zafándose de mi agarre—, vístete con eso y recógete esas greñas. Alana está débil, no tiene fuerzas y el bebé no sale. Necesito que la ayudes,