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Historia #2: Sirenas y Bisturíes Capítulo 1: Fuego en la Sangre

 

El olor a antiséptico y café quemado siempre me había dado una sensación de control, pero hoy, el ambiente en Urgencias era un caos absoluto. Las puertas automáticas se abrieron de golpe, dejando entrar el aire frío de la noche y el sonido ensordecedor de las sirenas.

—¡Trauma de tórax y quemaduras de segundo grado! —gritó un paramédico mientras empujaba una camilla.

A su lado, caminando con la adrenalina todavía brotándole por los poros, estaba él. Gabriel. Llevaba el uniforme de bombero sucio de hollín, la chaqueta abierta revelando una camiseta de tirantes empapada en sudor que se pegaba a sus músculos como una segunda piel. Tenía una mancha de sangre en la mejilla y esa mirada de suficiencia que me hacía querer besarlo o darle una bofetada.

—¿Qué demonios pasó, Gabriel? —le espeté mientras empezaba a evaluar al paciente—. Te dije que esperaras a que el equipo de rescate asegurara el ala norte.

—No había tiempo, doctora —respondió él, con esa voz ronca que siempre lograba distraerme de mis protocolos—. El techo iba a ceder. ¿Prefieres un paciente con quemaduras o un cadáver bajo los escombros?

—¡Prefiero un bombero que no sea un suicida! —le grité, sin mirarlo, concentrada en detener la hemorragia—. Si te pasa algo a ti, son mis recursos los que se desperdician salvándote el culo en lugar de a las víctimas.

—Ah, entiendo. Te preocupa mi "culo" —soltó él con una sonrisa arrogante que me hirvió la sangre.

—¡Fuera de mi vista, Gabriel! Ahora.

Él soltó una risa seca y se alejó hacia la zona de descanso. Tardé dos horas en estabilizar al paciente. Para cuando terminé, mis manos temblaban ligeramente, no por el cansancio, sino por la rabia acumulada. Me quité los guantes con violencia y fui directa hacia el pasillo trasero, donde sabía que él estaría limpiándose.

Lo encontré en el vestuario de personal, solo. Se había quitado la camiseta y estaba usando una toalla húmeda para limpiarse el hollín del pecho. La luz fluorescente del hospital bañaba su cuerpo: era un mapa de cicatrices y músculos perfectamente definidos. Sus hombros eran anchos, capaces de cargar el peso de un edificio, y el vello oscuro descendía en una línea provocadora hacia sus pantalones de uniforme.

—Eres un imbécil arrogante —dije al entrar, cerrando la puerta con pestillo tras de mí. El sonido metálico del seguro resonó como un disparo.

Gabriel se giró lentamente. No parecía sorprendido. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis senos, que subían y bajaban rápidamente bajo mi bata blanca debido a mi respiración agitada.

—Y tú eres una controladora que se muere por soltarse el pelo, Isabella —replicó él, dejando la toalla sobre un banco—. Estás furiosa porque hoy no pudiste darme órdenes y yo salí ileso.

—Casi te mueres, Gabriel. ¿Tienes idea de lo que sentiría si…?

—¿Si qué? —se acercó a mí con pasos lentos y pesados. El olor a humo, ceniza y hombre me golpeó de lleno—. ¿Qué sentirías, Isabella? ¿Miedo de perder a tu juguete favorito? ¿O miedo de admitir que cuando me ves entrar en ese fuego, te mojas pensando en si volveré para follarte?

—¡Eres un asqueroso! —le espeté, levantando la mano para darle una bofetada.

Pero Gabriel fue más rápido. Atrapó mi muñeca en el aire con una fuerza firme pero no dolorosa y me estampó contra la hilera de casilleros metálicos. El frío del metal en mi espalda contrastó violentamente con el calor abrasador que emanaba de su cuerpo.

—Pégame si quieres —susurró, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozaron—. Pero después de eso, me vas a besar. Porque llevas toda la guardia buscándome con la mirada, criticando cada uno de mis movimientos porque te mueres de ganas de que te ponga contra esta pared y te quite esa bata de doctora perfecta.

—Te odio —mentí, aunque mis ojos estaban clavados en sus labios.

—Mientes —sentenció él.

Gabriel acortó la distancia y me besó. No fue un beso tierno; fue una colisión de urgencia y rabia acumulada. Sabía a sal, a humo y a una necesidad desesperada. Sus manos se soltaron de mis muñecas para enredarse en mi cabello, tirando ligeramente hacia atrás para profundizar el contacto. Yo solté un gemido que fue devorado por su boca, mis manos subiendo por su torso desnudo, deleitándome en la textura de sus músculos tensos.

Él bajó sus manos con rapidez, agarrando mi bata y tirando de ella hasta que los botones saltaron y rodaron por el suelo del vestuario. Bajo la bata, yo solo llevaba un sujetador de encaje burdeos. Gabriel se detuvo un segundo para contemplarme, y el hambre en sus ojos me hizo sentir más deseada que nunca.

—Dios, Isabella… —masculló, atrapando mis pechos con sus manos grandes—. Sabía que escondías estas maravillas bajo ese uniforme aburrido.

Empezó a amasar mis senos con una devoción casi religiosa, usando sus pulgares para frotar mis pezones a través de la tela fina hasta que los sintió endurecerse. Yo eché la cabeza hacia atrás, golpeando el metal de los casilleros, mientras su lengua trazaba un camino de fuego desde mi cuello hasta el escote.

—Gabriel… aquí no… alguien puede entrar —alcancé a decir, aunque mis manos ya estaban forcejeando con el cinturón de su pantalón.

—He echado el cierre, nena. Y si alguien escucha, que envidie lo que te voy a hacer —respondió él, desabrochando mi sujetador con una destreza sorprendente.

Cuando mis pechos quedaron libres, él los capturó con la boca. La sensación de su lengua caliente y áspera rodeando mi pezón me hizo perder el sentido de la realidad. Isabella, la cirujana lógica, se había ido; solo quedaba una mujer consumida por el deseo hacia el hombre que desafiaba a la muerte cada día.

Me bajó los pantalones quirúrgicos y las bragas de un solo tirón, dejándome completamente desnuda frente a él. Gabriel se arrodilló, apartando mis piernas.

—Gabriel, ¿qué haces? —pregunté, jadeando.

—Voy a hacer que olvides tu propio nombre antes de meterla —respondió él, y antes de que pudiera protestar, su lengua encontró mi centro húmedo y palpitante.

El placer fue tan intenso que mis rodillas flaquearon. Me sujeté de sus hombros mientras él me devoraba con una técnica que solo un hombre acostumbrado a la acción podía tener. Sus dedos entraban y salían de mí, preparándome, mientras su boca me llevaba al borde del abismo.

—¡Oh, Dios! ¡Gabriel! —grité, sin importarme quién pudiera oírnos en los pasillos del hospital.

Él se levantó, su propia excitación era evidente. Su polla estaba libre ahora, una columna de carne vibrante que buscaba su destino. Me levantó en vilo, obligándome a envolver mis piernas alrededor de su cintura. Mis pechos se aplastaban contra su pecho velludo mientras él se posicionaba.

—Mírame, Isabella —dijo, su voz era pura grava—. Esto es lo que pasa cuando desafías al fuego. Te quemas.

Se hundió en mí con una estocada brutal y perfecta. El grito que solté se perdió en su cuello. Me llenaba por completo, cada movimiento era una descarga de adrenalina que superaba cualquier operación a corazón abierto que hubiera realizado. Gabriel empezó a embestirme contra los casilleros, el sonido del metal rítmico marcando el paso de nuestra danza prohibida.

—¡Eres mío, maldita sea! —exclamé, enterrando mis uñas en sus hombros, dejando marcas que mañana recordaría con orgullo.

—Y tú eres mi doctora —gruñó él, aumentando la velocidad—. Y ahora mismo, te estoy operando el alma, nena.

Cambiamos de posición; me puso de espaldas contra el banco de madera, subiendo mis piernas hacia sus hombros. Desde ahí, podía ver cómo sus músculos se contraían con cada empuje. Sus manos no soltaban mis pechos, apretándolos mientras me follaba con una furia que solo un bombero que sabe que cada día podría ser el último puede entregar.

El clímax nos alcanzó como una explosión en un edificio de combustible. Isabella sintió que su cerebro se desconectaba mientras su cuerpo se convulsionaba alrededor de Gabriel. Él soltó un rugido de triunfo, hundiéndose una última vez hasta el fondo antes de vaciarse con una fuerza que la hizo temblar.

Minutos después, el silencio del vestuario solo era interrumpido por sus respiraciones entrecortadas. Gabriel me besó la frente, todavía unido a mí.

—Mañana volveremos a pelear —susurró él con una sonrisa juguetona—. Pero ahora ya sabes cómo terminan nuestras discusiones.

Me reí, agotada, mientras me acomodaba el cabello. —Eres un desastre, Gabriel. Pero eres mi desastre.

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