El trayecto en el coche fue un suplicio de tensiones no resueltas. Gabriel conducía con esa calma exasperante suya, mientras yo me abrazaba a mí misma en el asiento del copiloto, sintiendo todavía el rastro de su humedad entre mis piernas y el latido frenético de mi propio corazón. En cuanto la puerta de nuestra casa se cerró tras nosotros, el silencio estalló.
—¡Eres un maldito inconsciente, Gabriel! —grité, girándome hacia él con las lágrimas de rabia contenidas en los ojos—. ¿Viste esa quema