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Capítulo 4: Reflejos de Cristal y Posesión

 

La luz de la mañana en la mansión era implacable. Entraba por los ventanales con una claridad que parecía querer exponer cada secreto guardado bajo el amparo de la tormenta. Para Cloe, el despertar fue una mezcla de agujetas placenteras y una descarga de adrenalina al escuchar el eco de los tacones de su madre, Elena, bajando las escaleras.

—¡Cloe! ¡Dominic! Me voy ya, tengo una junta de emergencia en la constructora —gritó Elena desde el vestíbulo—. ¡No me esperen para comer!

Cloe se hundió bajo las sábanas, conteniendo el aliento. Escuchó el sonido de la puerta principal cerrándose y el motor del coche alejándose. El silencio que quedó después no fue de paz, sino de una tensión eléctrica que zumbaba en el aire. Minutos después, sintió que el colchón se hundía. Dominic, vestido solo con un pantalón de lino negro desabrochado, se sentó al borde de la cama. Sus ojos oscuros recorrieron la silueta de la joven bajo las mantas.

—Tu madre se ha ido —dijo él, su voz era un rugido bajo que despertó instantáneamente el fuego en el vientre de Cloe—. La casa es nuestra.

Cloe asomó la cabeza, observando las marcas que sus propias uñas habían dejado en la espalda de él la noche anterior. Eran trofeos rojos sobre su piel bronceada.

—¿No vas a ir a la oficina? —preguntó ella con un hilo de voz.

Dominic se inclinó, atrapando un mechón de su cabello y llevándoselo a la nariz. —Hoy no tengo más negocios que atender que los que ocurren entre estas paredes. Te espero abajo, en la piscina. No tardes.

Media hora después, Cloe caminaba hacia la piscina climatizada del ala este. Llevaba un bikini de hilos negros que apenas cumplía su función de cubrirla. Se sentía observada, y no se equivocaba. Dominic estaba sentado en una de las tumbonas, con una tablet en la mano, pero su mirada estaba fija en el movimiento de las caderas de la joven mientras ella se sumergía en el agua cristalina.

El agua estaba tibia, pero Cloe sintió un escalofrío cuando Dominic se puso de pie. Con una parsimonia que rayaba en lo cruel, él se deshizo del pantalón de lino, quedando completamente desnudo ante la luz del mediodía. Su polla ya estaba despertando, apuntando con orgullo hacia el vientre de ella, desafiando la moralidad del sol que los iluminaba.

Dominic caminó hacia el borde de la piscina y entró sin apartar la vista de ella. El agua les llegaba por la cintura. Él la atrapó por la nuca, obligándola a acercarse hasta que sus pechos chocaron contra su pecho firme.

—Mírame, Cloe —le ordenó, su tono cargado de una autoridad que la hacía temblar—. Lo de anoche no fue un error del momento. No fue la lluvia ni el whisky.

—Lo sé —susurró ella, pasando sus manos mojadas por los hombros de él.

—No, no lo sabes —la interrumpió él, apretando el agarre—. Anoche marcaste tu destino. Eres mi hija ante la ley, pero eres mi mujer ante el deseo. Y quiero que entiendas algo antes de que volvamos a tocarnos: no habrá otros hombres. Ni novios de la universidad, ni citas, ni estúpidos juegos. Si alguien pone una mano sobre ti, tendré que recordarle a quién perteneces.

—Dominic, eso suena a…

—Suena a propiedad —sentenció él, su polla rozando el muslo de ella bajo el agua—. Eres mía, Cloe. Cada centímetro de esta piel me pertenece. ¿Me has entendido?

Cloe sintió un torrente de calor. La posesividad de Dominic, lejos de asustarla, la excitaba de una manera prohibida y deliciosa. Sin decir una palabra, ella se hundió en el agua. Dominic se quedó inmóvil, sintiendo cómo ella descendía hasta sus rodillas.

Bajo el agua azulada, Cloe observó la majestuosidad de su miembro. Se veía aún más grande, las venas marcadas y la punta de un rojo intenso. Ella salió a la superficie solo lo necesario para tomar aire y volvió a bajar, esta vez fuera del agua mientras él se sentaba en el escalón más alto de la piscina, dejándola a ella en una posición perfecta.

Ella agarró su polla con ambas manos. Estaba tan caliente que contrastaba con la humedad del ambiente. Cloe comenzó a lamer la base, subiendo lentamente hasta la corona, deleitándose con el sabor salado y masculino de su esencia. Dominic echó la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro que fue casi un rugido.

—Maldita sea, Cloe… así… —gruñó él, hundiendo sus dedos en el cabello empapado de la joven.

Cloe abrió la boca y lo tomó por completo. Sintió cómo él se tensaba, su polla llenándole la garganta, obligándola a esforzarse para abarcar todo su grosor. Sus tetas rozaban los muslos de Dominic, y él no pudo evitar bajar sus manos para apretarlas, amasando la carne suave mientras ella seguía con su labor. El sonido de la succión se mezclaba con el eco del agua en el recinto cerrado.

—Chúpala, pequeña… sí, así —decía él, con la voz rota—. Quiero que sientas lo que me haces. Quiero que sepas que nadie más va a tener este privilegio. Eres mi pequeño secreto, mi perversión personal.

Cloe lo miró desde abajo, con los ojos empañados, mientras seguía moviendo su cabeza rítmicamente. Ver al hombre más poderoso que conocía perder el control por su boca la hacía sentir invencible.

Dominic no pudo aguantar mucho más. La levantó del suelo de la piscina con una fuerza bruta y la llevó hacia el borde, donde el cristal de seguridad separaba la piscina del jardín exterior. La giró, apoyando el pecho de Cloe contra el frío cristal, mientras sus tetas se aplastaban contra la superficie transparente.

—Mira hacia afuera, Cloe —le susurró al oído mientras le bajaba el bikini con un movimiento brusco—. Mira el mundo que cree que somos una familia normal. Mira por donde podría pasar cualquier jardinero o empleado, mientras yo te tomo como el animal que soy.

Él se posicionó detrás de ella. Esta era una posición nueva: ella inclinada, con las manos apoyadas en el cristal y las piernas abiertas. Dominic entró en ella sin previo aviso, una estocada profunda que hizo que Cloe golpeara el vidrio con las palmas de sus manos.

—¡Ahhh! ¡Dominic! —gritó ella, viendo su propio reflejo y el de él fundiéndose en la transparencia.

—Dilo —le exigió él, dándole un azote sonoro en una de sus nalgas mojadas que dejó una marca roja instantánea—. Di que solo me perteneces a mí.

—¡Solo soy tuya! ¡Mía… ahhh… Dominic, más fuerte!

Él no se hizo de rogar. El ritmo era frenético, el sonido de la piel chocando contra la piel se amplificaba por la acústica del lugar. Con cada embestida de su polla, Cloe sentía que sus pies se despegaban del suelo. Él la agarraba de los hombros, tirando de ella hacia atrás mientras su pelvis golpeaba con violencia contra su trasero.

—Si algún día te veo mirando a otro —masculló él entre dientes, su respiración quemándole la nuca—, te haré recordar esta mañana. Te follaré hasta que olvides tu propio nombre, hasta que solo sepas decir el mío. ¿Entendido?

—¡Sí! ¡Solo tú! ¡No quiero a nadie más! —exclamaba ella, llegando a un nivel de excitación que la hacía temblar.

Dominic cambió el ángulo, levantándole una pierna y apoyándola en el borde del cristal, permitiéndole una penetración mucho más angulada y salvaje. Sus dedos buscaban sus pezones, retorciéndolos mientras la seguía poseyendo con una furia posesiva. Cloe veía el jardín borroso, sentía el sol en su espalda y el fuego de Dominic destrozándola por dentro.

El clímax la golpeó como una ola gigante. Sus músculos vaginales se cerraron alrededor de la polla de Dominic en espasmos incontrolables. Ella gritó, su aliento empañando el cristal frente a su rostro. Segundos después, Dominic dio tres estocadas finales, rápidas y brutales, antes de rugir y vaciarse dentro de ella. Cloe sintió el calor de su simiente llenándola, un sello líquido de su propiedad.

Se quedaron así unos minutos, con el agua de la piscina goteando de sus cuerpos y el silencio regresando a la estancia. Dominic no se retiró de inmediato; la mantuvo sujeta contra el cristal, saboreando el momento.

—Recuérdalo bien, Cloe —le dijo con una frialdad cargada de deseo—. La luz del día no cambia nada. Eres mía, y lo serás hasta que yo decida lo contrario.

Él la soltó y salió de la piscina, caminando con la arrogancia de quien sabe que ha ganado la batalla. Cloe se quedó allí, apoyada en el cristal, sintiendo cómo el líquido de Dominic resbalaba por sus piernas, con una sonrisa de absoluta entrega en los labios.

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