Sus gritos de negación resonaban en la sala, pero para mí eran solo el ruido de la resistencia que debía quebrar. Prefería mil veces la macabra tortura que esa mujer podía infligirme que ceder a sus demandas. "¡No soy un traidor y nunca lo seré!", grito con todas mis fuerzas, pero ella parecía no escuchar, o peor aún, no le importaba.
Con un gesto despectivo, le arrancó la camisa, revelando su piel marcada por tatuajes que contaban la historia de su vida. Entre ellos, uno destacaba sobre los dem