Solo cuando el agua empezó a enfriarse, Evan la giró suavemente, besándola en la frente, en los labios, con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. —Vuelve a la cama —susurró—. Yo te ayudo. Y Abby, exhausta, rendida, completamente suya, solo asintió. La luz de la mañana entraba suave por las cortinas entreabiertas, bañando la habitación en un tono dorado que hacía brillar la piel desnuda de Abby. Dormía de lado, con las muñecas descansando cerca de la almohada, el cabello desparramado