Él frunció el ceño, extrañado, con una arruga profunda marcando su frente.
—No sé de qué hablas.
—Por favor —susurró ella, con la voz quebrada y temblorosa, casi suplicante—. Siempre fue obvio.
Evan la miró fijo, como si la viera por primera vez, con los ojos muy abiertos y una mezcla de incredulidad y desconcierto.
—Siempre me miraste con asco.
Abby soltó una risa sin gracia, casi histérica, que resonó aguda y nerviosa en la habitación.
—¿Con asco? Por favor, créeme… no te miré con asco. Cuand