Abby pasó dos días encerrada en esa habitación de hotel impersonal, con las cortinas corridas y la bandeja de room service intacta en la mesita. Lloraba hasta dormirse, se despertaba con los ojos hinchados y el pecho apretado. Pero al tercer día, mirando el saldo de su tarjeta en el celular, se dio cuenta de lo ridículo que era: gastar dinero que no le sobraba en un lugar donde no estaba viviendo, solo escondiéndose. Su casa seguía vacía, su padre seguía de viaje por meses —afortunadamente—, y