Los días siguientes en la isla fueron como un sueño prolongado. Evan y Abby se despertaban tarde, desayunaban en la terraza con vistas al mar, paseaban por la playa de arena blanca, nadaban desnudos en el agua turquesa. Hablaban de todo y de nada: de libros que habían leído, de viajes que querían hacer juntos, de sueños que nunca habían compartido con nadie más. El sexo era constante, pero variado: a veces tierno y lento en la cama al atardecer, con besos que duraban horas; otras veces juguetón