El reloj marcaba las nueve y media cuando Abby llegó a la oficina. El aire olía a café recién hecho y papel viejo, y la luz del ventanal iluminaba el escritorio que había armado a su manera: ordenado, lleno de carpetas apiladas y una taza con flores marchitas. Se sentó en silencio, intentando ignorar la sensación de vacío que le dejó despertar sola en la cama esa mañana.
Había pasado la noche entera sintiendo el peso de él sobre su piel, sus manos, su voz. Todo seguía allí, como un tatuaje invi