Capítulo 50. El último muro
La luz de la mañana del día cincuenta se filtraba por las persianas de la finca, pero ya no era la misma luz que al principio. Todo se sentía más claro, más tangible; los bordes de mi realidad habían dejado de estar difusos.
Federico había guardado un silencio absoluto durante cuarenta y ocho horas tras el estrepitoso fracaso de su visita policial. Era un silencio ominoso, el tipo de calma que precede a un huracán, pero yo ya no era la mujer que temblaba ante la incertidumbre o que aguardaba, a