Capítulo 30. El derrumbe del Castillo
Llegué a casa pasada la medianoche, sintiendo que el peso del mundo me aplastaba los hombros. El departamento de Carolina había sido el preludio de un abismo, y ahora me enfrentaba a lo que quedaba de mi vida. Rosa estaba en el salón, sola, con una calma tan gélida que me provocó un escalofrío. En cuanto me vio cruzar la puerta, supe que el juego se había acabado. No hubo gritos, ni reproches histéricos; solo una mirada llena de una decepción tan profunda que me hizo sentir pequeño, insignifica