Capítulo 3. La espera silenciosa

La casa, que apenas unas horas antes había parecido un templo de orden, se sentía ahora como un campo de batalla silencioso. Tras la llamada de Federico, la decepción de Mateo y Sofía fue una oleada que me golpeó sin misericordia. Mateo, con su temperamento de ocho años ya definido, se encerró en su cuarto con un portazo seco, y Sofía, aunque más pequeña, no ocultó sus lágrimas al ver que la promesa de su padre se disolvía en la nada.

—Vamos, mis amores —dije, entrando en la habitación de Mateo y sintiendo un nudo en la garganta—. Yo los llevo por ese helado. Podemos ir a nuestra heladería favorita, la del parque, ¿qué les parece?

Mateo ni siquiera levantó la vista de su consola.

—No es lo mismo, mamá. Papá prometió que él nos llevaría porque me saqué el diez. Si vamos contigo, no tiene chiste.

Sentí una punzada de dolor, más aguda que la del rechazo de Federico. Intenté con Sofía, ofreciéndoles una noche de películas y palomitas, un momento de refugio en medio del caos, pero ambos rechazaron cualquier intento de consuelo. Querían la figura de su padre, esa que siempre estaba presente para los momentos de éxito y que, paradójicamente, los abandonaba en los momentos de espera. Tras enviarlos a dormir, me quedé sola en la sala.

El cansancio me venció sobre el sofá mientras intentaba organizar mis pensamientos. Cuando abrí los ojos, la oscuridad de la sala era absoluta. El reloj de pared marcaba las dos de la mañana del martes. Federico no había llegado. El vacío en la casa era asfixiante. Me levanté con el cuerpo entumecido y subí a nuestra habitación, esperando encontrarlo allí, quizás hundido en el sueño por el agotamiento del trabajo. Pero la cama estaba vacía, impecable, como si nadie hubiera descansado en ella desde la mañana anterior.

Me acosté, sintiendo el lado izquierdo de la cama helado. Saqué mi teléfono con manos temblorosas y le envié un mensaje: «¿Dónde estás? ¿Estás bien?». La pantalla iluminó mi rostro en la oscuridad, pero no hubo respuesta. Pasé las siguientes horas entre la vigilia y un sueño intermitente, sobresaltándome ante cada ruido lejano de la ciudad o el paso de algún coche por nuestra calle privada. La incertidumbre comenzó a carcomerme; diez años de confianza empezaban a tambalearse ante la evidencia de su ausencia prolongada. En mi espera, el cansancio finalmente me derrotó y caí en un sueño profundo y cargado de pesadillas.

No supe cuánto tiempo pasó hasta que el sonido del agua golpeando contra el suelo de la regadera me arrancó del letargo. Eran las seis de la mañana. Me incorporé de un salto, con el corazón martilleando contra mis costillas. Federico estaba ahí, en el baño, cerrando la llave.

Me levanté apresuradamente, sintiendo una necesidad urgente de contacto, de una explicación, de sentir que no estaba sola en este matrimonio. Entré al baño justo cuando él salía de la ducha, envolviéndose en una toalla con una frialdad que me paralizó en el umbral.

—Federico —murmuré, acercándome con una tímida sonrisa, buscando su mirada—. ¿Estás bien? Te esperé hasta tarde y no respondiste mis mensajes. ¿Quieres que prepare algo? Un día juntos podría relajar esta tensión...

Él no me miró. Sus ojos, fijos en el espejo mientras se secaba el cabello, eran dos pozos impenetrables.

—No tengo tiempo, Rosa —dijo con una sequedad que me hizo retroceder—. He tenido una noche infernal, el trabajo en la sucursal fue un desastre y tengo una junta crucial en un par de horas. Olvida eso y mejor baja a preparar el café y el desayuno para los niños y para mí. Necesito energía y orden, no distracciones.

Me quedé allí, plantada, con la piel erizada por el aire del baño y el alma encogida. Ni siquiera un "estoy bien". Solo una orden más en una lista de tareas. Lo vi salir hacia el vestidor, dejándome sola en la penumbra del baño. Por costumbre, por esa inercia de ser la "guardiana del orden" que él mismo me había impuesto, me acerqué a la ducha para recoger la ropa que había dejado tirada. Su camisa de vestir estaba sobre el piso, arrugada y con los botones mal desabrochados.

Al recogerla, un aroma me golpeó el rostro con la fuerza de un puñetazo. No era el perfume de Federico, ni el olor a oficina, ni el aroma a colonia masculina que yo misma le regalaba. Era un perfume dulce, empalagoso, con notas intensas de vainilla y flores tropicales. Un aroma joven, estridente, que se aferraba a la tela de su camisa como una mancha indeleble. Mi corazón se detuvo por un segundo. El orden de mi mente se resquebrajó. Ese olor no pertenecía a mi casa, ni a mi vida, ni a mi matrimonio. Era la fragancia de una extraña, invadiendo el santuario de nuestro dormitorio.

A las siete, el comedor era un escenario tenso. Federico estaba sentado a la cabecera, impecable, revisando correos en su dispositivo con una precisión matemática. Los niños, al verlo, no corrieron a abrazarlo como solían hacer. Se sentaron con una rigidez impropia de su edad, mirando sus platos de fruta con un resentimiento que yo nunca les había visto.

—Papá —dijo Mateo, con la voz firme—, nos dejaste plantados. Toda la tarde te estuvimos esperando.

Federico dejó el teléfono sobre la mesa. Su mirada, entonces, se transformó. Se volvió cálida, magnética, la mirada que yo tanto había amado y que ahora me resultaba engañosa.

—Lo sé, campeón. Me duele más a mí que a ustedes. Pero les prometo algo: este fin de semana, nada ni nadie nos detendrá. Los llevaré por el helado más grande de la ciudad y, además, iremos a la feria. ¿Qué les parece? ¿Me perdonan?

Las caritas de los niños se iluminaron instantáneamente. La decepción se evaporó. Me miraron a mí, esperando mi aprobación, y luego a él, como si fuera un dios capaz de enmendar cualquier error. Yo me quedé ahí, con la cafetera en la mano, sintiendo una náusea profunda. Federico no me miró, ni siquiera cuando le puse el café frente a él. Había recuperado a sus hijos con una promesa, mientras yo, que había pasado la noche en vela cuidando de que todo estuviera perfecto, seguía siendo una sombra invisible, cargando con el secreto de un perfume dulce que se negaba a abandonar mis sentidos.

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