Capítulo 14. El derrumbe invisible
El lunes siempre me despertaba con una claridad eléctrica. La oficina era mi verdadera casa, el único lugar donde mi voluntad se convertía en ley. Me senté tras mi escritorio de caoba, sintiendo esa satisfacción oscura que solo el poder otorga. Había pasado la mañana revisando los flujos de capital, proyectando los números de mi "imperio" y pensando en la reunión del miércoles por la tarde con el señor Estrada, el padre de Carolina. Todo estaba bajo control; mi vida era un engranaje perfecto do