A la hora del almuerzo, al ver que aún no regresaba, el rostro de mi madre se nubló. En su familia, las normas eran sagradas: las comidas se servían a horas fijas, y todos debían estar presentes. Era una tradición inquebrantable.
—¿Siena sigue sin aparecer? ¡Solo era comprar algo para Laura! ¿En qué se habrá entretenido? —refunfuñó, irritada.
Mi hermano no perdió la oportunidad de avivar el fuego.
—Lo hace a propósito. No soporta que tratemos bien a Laura y quiere castigarnos haciéndonos espe