El rugido grave de los motores de las motocros rompían el silencio sepulcral del desierto. El calor caía como un yunque invisible sobre todos, y el aire parecía arder. En la primera moto, Dante Moretti conducía con gesto severo, gafas de sol que ocultaban su mirada y una mano firme sobre el volante. A su espalda, Margaret mantenía la vista al frente, sin hablar. Detrás de ellos, Kaiser Tommasino, el jefe de seguridad, vigilaba el entorno como si en cualquier momento fueran a emboscarlos. Habian