Mundo de ficçãoIniciar sessãoMi día empezó sufriendo de un miedo feroz que me embargaba de pies a cabeza. Mientras caminaba hacia el edificio, deseaba con todas mis fuerzas que nada de lo que pasó ayer fuera una realidad. O al menos, que el sujeto en cuestión no recordase haber despertado de su sueño reparador con una de las mejillas rojas. A mi favor puedo decir que, en realidad, era más bien un tono rosa. Ni se notaba cuando me fui... Bueno, eso creo. Tal vez el universo se apiadaría de mí y él ni siquiera se habría mirado hoy al espejo.
El ascensor terminó de subir con un leve Vip. Cuando las puertas se abrieron, mis piernas, traicioneras y robustas, se enredaron entre ellas haciéndome tropezar. Me tambaleé un poco antes de poder avanzar con paso firme hacia el recibidor. Un punto a mi favor: no había ningún demonio a la vista. El área de recepción estaba sumida en una bendita paz. Cuando llegué a mi escritorio, solté un suspiro de alivio. Me giré de espaldas para dejar mi bolso en el perchero y apenas estaba acomodando mi chaqueta beige, cuando la voz de mis pesadillas me taladró la espalda. Habría jurado que perdí tres kilos del puro susto. Pegué un brinco en mi lugar, el corazón golpeándome las costillas, y me volteé lentamente, forzando una sonrisa profesional. —Serena. Mi nombre se ha vuelto un timbre de terror gracias a él. Creo que cuando termine de trabajar aquí, voy a cambiar mi segundo nombre para no experimentar este microinfarto nunca más. —¿Sí, señor? Al verlo, me obligué a mantener la compostura. El aire se me atoró en la garganta mientras escaneaba sus facciones. Ya no había rastros de ningún golpe en su rostro. Pensando en ello, mis ojos se desviaron inevitablemente hacia su mejilla, un error fatal que él pareció notar de inmediato. Logan entrecerró los ojos con sospecha, analizándome, pero lo que salió de su boca no tuvo nada que ver con lo sucedido ayer. —Lleva los archivos que envié a tu correo impreso a mi oficina —ordenó con su habitual tono gélido. Se quedó parado ahí, imponente, durante lo que podría ser una torturante eternidad. Mi ansiedad escaló tanto que caminé a trompicones hacia mi silla, sentándome tan rápido y con tanta fuerza que el impacto casi la rompe. —Ya los llevo, señor —respondí con la voz un tanto aguda, buscando desesperadamente el mouse de la computadora para evitar su mirada. Cuando por fin se dio la vuelta para marcharse, exhalé el aire que retenía. Pero, casi como si fuera un hábito macabro, se detuvo en el umbral, con la mano ya apoyada en la manija de la puerta. Se giró a medias. —Y Serena… —¿Sí? —pregunté, conteniendo la respiración. —Que no se repita. Podría jurar que perdí todo el color de mi rostro, quedando tan pálida como el papel de la impresora. Esto me pasa por rencorosa, me recriminé internamente. Sin esperar una respuesta o darme ninguna explicación, se adentró en su oficina y cerró la puerta tras de sí. Me quedé helada, mirando la madera pulida, procesando lo cerca que estuve de perder mi empleo. Sé muy bien que Logan no me despediría por un simple error administrativo, pero no puedo tentar mi suerte; para él, soy Serena, la secretaria obesa que es capaz de soportar su inhumana rutina de trabajo y su escasa, por no decir nula, simpatía hacia las personas en general. Encontrar a alguien que aguante su humor es difícil, pero si llegase a conseguir un reemplazo eficiente, no dudo que me echaría de la empresa sin mirar atrás. Sin embargo, mi lugar no es permanecer siempre aquí, siendo la sombra de Logan Hart. No es mi meta en la vida, para ser sincera. Pero justo ahora no me puedo dar el lujo de perder esta oportunidad de trabajo ni el excelente sueldo que tengo, sin contar las horas extras que salvan mis finanzas. Prefiero evitar pensar en lo cerca que estuve de salir de aquí en una patada y me obligué a teclear. Al menos hoy, el jefe tuvo la decencia de no colocar ninguna caja con postres en la recepción para tentar mi fuerza de voluntad antes de recibir a sus invitados. … Pasadas las once de la mañana, el tintineo del ascensor me sacó de mi concentración. Las puertas se abrieron dando paso a un hombre alto y fornido que reconocí enseguida por su impecable cabellera rubia. Caminaba con una elegancia relajada, llevando una pequeña y sofisticada bolsa de regalo en sus manos. Elrick Grant me sonrió desde lejos en cuanto nuestros ojos se cruzaron. Yo simplemente lo saludé con un tímido gesto de la mano, pero él, ignorando cualquier barrera profesional, se acercó con su confianza característica. —Serena, mi encantadora dama —dijo con una voz suave y seductora que derretiría a cualquiera. Antes de que pudiera reaccionar, sujetó mi mano con delicadeza y dejó un ligero y cálido beso en el dorso. Acto seguido, con una agilidad experta, entrelazó las asas de la bolsa de regalo en mi brazo antes de que pudiera negarme a aceptarla. Elrick es un hombre magnífico, un príncipe azul salido de una revista, por no decir otras cosas. Y eso, precisamente, lo hace completamente imposible para mí en todos los aspectos imaginables. Las mujeres como yo no se quedan con hombres como él. —Señor Elrick, por favor —le dije, retirando la bolsa de mi brazo para extendérsela de regreso. No necesitaba leer la marca de la boutique para saber que había vuelto a traer un regalo costoso—. Ya le he dicho muchas veces que no puedo aceptar estas cosas. No es apropiado. —Serena, por favor. Acéptalo esta vez, lo compré pensando exclusivamente en ti —suplicó, juntando las manos y poniendo su mejor cara lastimera. Y aunque realmente se le veía muy dolido, negué con la cabeza, manteniéndome firme. Elrick soltó un suspiro dramático. —Al menos hazlo por esta vez. Si no lo haces por mí, hazlo por mi casa; ya no tengo espacio donde guardar todos los obsequios que me has rechazado. Me sentó muy mal tener que escucharlo, porque muy en el fondo una punzada de amargura me recordó la realidad. Sé que esas cosas que me ofrece, si no las acepto, es muy probable que terminen en las manos delgadas y hermosas de alguna despampanante chica de bella figura; alguien que realmente se vería bien usando ese tipo de lujos, a diferencia de mí. —Elrick, ya te he dicho que dejes de estar acosando a mi secretaria. La voz fría e interrumpió el momento. La otra razón por la cual ver a Elrick con otros ojos estaba mal se hizo presente en el pasillo. Logan Hart miraba a su mejor amigo y socio con una desaprobación que congelaría el infierno. Elrick me echó una última mirada suplicante, gesticulando en silencio para que me quedara con el paquete. Por no querer seguir dándole la contraria frente al jefe y evitar una escena, bajé la bolsa y la coloqué debajo de mi escritorio. Una gran sonrisa triunfal apareció en el rostro de Elrick. Volvió a tomar mi mano, dándole un apretón cariñoso, antes de girarse para saludar a su amigo. Logan, por su parte, me echó una mirada extraña —una mezcla de fastidio y algo que no supe descifrar— antes de adentrarse en la oficina principal, charlando de negocios con su socio mientras la puerta se cerraba detrás de ellos. Sola de nuevo en la recepción, miré la bolsa oculta y solté un largo suspiro. El día apenas comenzaba.






