Mundo ficciónIniciar sesiónTengo unas ganas muy inmensas de abrir el regalo de Elrick; mi curiosidad me exige saber de qué se trata y, después de todo, ya acepté el obsequio. No es raro que lo revise, aunque, siendo honesta, debería contenerme hasta llegar a mi casa. Todas las veces anteriores que rechacé sus detalles nunca me había detenido a pensar en qué podría haber dentro. No sé si esta vez, por el simple hecho de tenerlo ya en mis manos, mi mente se permite vagar por la galería de la imaginación. ¿Qué podría ser? ¿Un brazalete, un collar, tal vez unos pendientes? Esas opciones son las que golpean mi mente al leer el nombre de la costosa marca europea impreso en el empaque.
No aguanto más el impulso. Me decanto a abrir la caja, decidida de una buena vez a romper la intriga. Después de todo, no corro el riesgo de pasar ninguna vergüenza frente a Elrick, ya que partió hace bastante rato de regreso a su oficina.
Mis dedos se adentran en la fina bolsa de papel duro, extrayendo una elegante caja de cuero con el nombre de la firma grabado en letras de plata. No me detengo ni le doy más vueltas al asunto; al levantar la tapa, los más preciosos colgantes brillan saludándome a primera vista. La luz de la oficina se refleja en lo que parece ser zafiro puro, cortado en una perfecta forma de gotas, del tamaño exacto de la yema de mi dedo meñique. Mis ojos no podrían estar más abiertos. Estoy contemplando, sin duda, el regalo más costoso que he recibido en toda mi vida.
Por muy pequeños que parezcan, unos zafiros de esa medida equivalen a mi salario de cinco meses... y eso si habláramos de piedras de baja calidad. Pero estos son tan puros que hasta yo, con mi nulo conocimiento de joyería, puedo notar que su precio me quitaría años de trabajo de encima. Ya con eso, asumo que lo que creí que era simple plata es, ni más ni menos, oro blanco del que ni siquiera quiero imaginar los quilates.
—Oh, Elrick... —susurro para mí misma, sosteniendo la caja con dedos temblorosos—. Si estos pendientes te recordaron a mí, tal vez sea necesario que programes una cita con tu oftalmólogo. Esto es demasiado.
La opulencia de las joyas me reitera que hice bien en no aceptar sus otros regalos en el pasado. Sin embargo, sé que, aunque intentara regresárselo personalmente, él no lo aceptaría; su orgullo no se lo permitiría.
—Esto me pasa por tonta —me recrimino, atrapada por el destello azul de las gemas—. Voy a tener que dejárselos a su asistente, no me queda de otra.
Estaba tan absorta en mis pensamientos que no me di cuenta de los pasos firmes que se aproximaban. De pronto, la silueta de Logan irrumpió frente a mi escritorio, pronunciando mi nombre con esa voz profunda que siempre me hace enderezar la espalda. Salgo inmediatamente de mi estupor, pero el susto no borra el hecho de que él ya ha fijado la mirada en la caja que sostengo y en la bolsa de marca sobre la mesa. Logan no tiene un pelo de tonto; estoy segura de que vio perfectamente cuando su mejor amigo me entregó el paquete hace unas horas.
—¿Eso es lo que te regaló Elrick? —pregunta, con el rostro serio, indescifrable.
Aunque sé que es una pregunta retórica, la culpa me gana. Asiento con la cabeza antes de vocalizar un bajo "Sí", tan débil que dudo que haya llegado a sus oídos. Él da un paso corto hacia el escritorio, cruzando los brazos.
—Serena, voy a darte un consejo —continúa, manteniendo el tono firme—. Esta vez puedes quedarte con ellos. Solo por esta ocasión, ya que no hay ningún problema legal y dudo mucho que él vaya a recibirlos de vuelta.
Abro la boca para aclararle la situación, buscando rescatar un poco de mi dignidad. No quiero que piense que me deslumbro tan fácil.
—Señor, yo ya estaba planeando...
—No obstante —me interrumpe, alzando ligeramente la mano para cortar mis palabras y clavando sus ojos en los míos con una extraña mezcla de escrutinio y fijeza—, debes saber que Elrick, por alguna razón que desconozco, está interesado en ti. Y debo dejarte nuevamente en claro que prohíbo terminantemente las relaciones personales entre los miembros de esta empresa.
Siento el golpe directo en el pecho. Las mejillas me arden de la humillación.
—Yo no... no estoy buscando nada con él —consigo articular, sintiendo cómo se me cierra la garganta.
—Serena, Elrick es mi socio mayoritario —añade él, ignorando mi defensa—. Y te digo estas cosas porque, más allá de los negocios, es mi mejor amigo y lo conozco a la perfección. Esto es un simple juego para él.
Oh, claro, pienso, mientras el suelo parece desaparecer bajo mis pies. Y yo debo suponer que él hace todo esto por la gran simpatía que siente hacia su esclava personal. El dolor se me debe haber calcado en el rostro de una forma evidente. Mis ojos se llenan de lágrimas calientes que amenazan con desbordarse, nublándome la vista.
Logan suspira al ver mi reacción, y su postura rígida pierde un poco de fuerza.
—No llores, Serena —dice, y por primera vez noto un matiz casi suave en su tono—. Te digo esto para que no te hagas ilusiones con él ahora y termines dejando tu trabajo por un desengaño. ¿Sabes? Por muy ogro que puedas creer que soy, ya te he tomado un poco de aprecio.
Esas palabras terminan de romperme. Que te lo digan ya es doloroso, pero que venga de alguien tan frío como Logan lo hace mil veces peor.
—Lo siento, señor. Le prometo que... que no volverá a pasar —alcanzo a decir, odiando el hecho de estar hipando entre palabras.
Logan parece querer demostrar que ese "aprecio" del que habla es real. Da un paso más, acortando la distancia entre nosotros. Con un movimiento inusualmente pausado, saca el pañuelo de lino del bolsillo de su traje y, con delicadeza, se inclina un poco para secar las lágrimas que acaban de resbalar por mis mejillas. El olor a su loción me envuelve por un segundo, confundiéndome aún más.
—Lo siento, Serena —murmura, mirándome de cerca—. Tal vez debí habértelo dicho de otra forma.
—Yo lo siento, señor —respondo, apartando la mirada hacia el suelo, avergonzada por la cercanía—. No debí haber aceptado el paquete, por muy insistente que fuera el señor Elrick.
—Está bien, Serena. Sé que no es tu culpa —concluye él, dando un paso atrás para devolverme mi espacio.
Me extiende el pañuelo y lo recibo de prisa, deseando con todas mis fuerzas que se marche de una buena vez. Es más que evidente, hasta para un hombre tan enfocado en el trabajo como él, que acaba de herir mis sentimientos de forma profunda. Por primera vez en el día, parece entender las señales de que necesito estar sola. Gira sobre sus talones e intenta marcharse, pero, como es su nefasta costumbre, se detiene justo al llegar a la puerta de su oficina.
Se vuelve a mirarme, recuperando su postura de jefe inalcanzable.
—Serena, hay una cena esta noche con los otros socios de la empresa —dice, sacando una tarjeta de su billetera y dejándola sobre el borde del escritorio—. Toma la tarjeta corporativa. Ve a la farmacia y compra unas compresas para los ojos, junto con algo de calmante. Necesito que te veas algo presentable.
—Sí, señor. No se preocupe —expreso, forzando una voz más tranquila y limpia, tragándome el nudo que me queda en la garganta al oír sus palabras.
—Nos iremos más tarde juntos —asiente él, antes de cruzar el umbral y cerrar la puerta tras de sí.
Las palabras de este hombre se sienten como caer desde un noveno piso directo hacia el asfalto de la realidad. Ya lo sabía todo. Lo sabía aun sin que él me lo dijera, pero, demonios cómo duele. Asiento con la cabeza hacia la puerta vacía, forzando una sonrisa amarga en mis labios mientras aprieto en mi puño el pañuelo que me dio, descargando en la tela toda la fuerza que puede reunir mi rabia. Desde que trabajo para él, esta es, sin duda, la peor de las veces en las que intenta ser "simpático" conmigo.
Hasta ahora, durante todo este tiempo, he estado intentando cambiar mis hábitos, cuidarme y adelgazar al menos unos cuantos kilos más para ser considerada conforme con mi apariencia en este ambiente tan superficial. Pero mientras miro la tarjeta corporativa y el pañuelo arrugado, una fría determinación se instala en mí. Creo que voy a tomar el camino fácil solo para llegar a la meta. Solo por esta vez, tomaré un atajo,
Ya no quiero ser Serena la gorda inteligente con suerte.







