Damián Feldman.
—Amelie… ¿Qué…? ¿Qué hace este hombre con su mano en tu cintura?
Ver a Octavio tocándola me encendió por dentro. Sentí un escalofrío, uno de esos que se instalan en la columna y arden como lava en las venas.
Ella abrió los ojos con sorpresa y se zafó de inmediato.
—Damián, Octavio ya se iba… ¿verdad? —dijo, señalando al imbécil con disimulo. Él, con una sonrisa de suficiencia que me daban ganas de borrarle de un puñetazo, asintió.
—Claro que ya me voy. Pero no olvides que tenem