Aquel encuentro sacrílego parecía estar lleno de un intenso deseo contenido y que al abrir la compuerta se desbordaba con fuerza, intensidad y en grandes cantidades.
Abel se dejó arrastrar a lo más hondo del deseo, Marla no dejaba de gemir de placer, mientras él entraba y salía de ella, agitado, ansioso, deseoso de seguir estremeciéndola, de escuchar su voz jadeante y sentir la humedad de su vagina lustrando su polla.
—¡Así, sí! —gimió ella, usando el papel de la maestra cuyo aprendiz está