Abel no lograba conciliar el sueño, dio vueltas en su cama, se sentó y decidió salir fuera de su casa y caminar un poco, no soportaba el ruido en su cabeza, la angustia, las dudas existenciales ¿Había escogido la profesión correcta? ¿Era una tentación demoníaca aquella que lo envolvía? ¿Estaba perdiendo su propia fe? Bajó las escaleras, se dispuso abrir la puerta y vio cuando su madre bajaba de un auto desconocido. Aguardó a que ella descendiera del auto.
—¡Abel! —dijo ella, bajando el rostro,