Serena salió de su casa y subió al auto, ya comenzaba a oscurecer. El hecho de que Abel estuviese viviendo en la villa, le permitía entrar y salir de su casa sin tener que dar tantas explicaciones.
—Detén el auto, me quedaré aquí y caminaré hasta la casa, no quiero que te vean viniendo aquí todos los días. —dijo ella un poco nerviosa, mientras se inclinaba hacia él para besar sus labios.
—No te preocupes, mi amor. Nadie va a vernos. —él sonrió.
—Es mejor no correr riesgos. Mañana nos vemos,