A esa hora de la mañana el puerto de Boston era un hervidero de gente. No solo por la cantidad trabajadores que operaban en el lugar que movían cajas y equipaje, sino también por los pasajeros que esperaban abordar el trasatlántico, el majestuoso RMS Aquitania, que se alzaba de manera imponente contra el despejado cielo.
Blake, con el rostro endurecido y las manos enfundadas en los bolsillos de su abrigo, observaba desde la distancia. El imponente trasatlántico era su única salida. Su pasaport