Capítulo 21. Atando cabos
Jacinto descansaba en la terraza de su mansión, recostado en una silla de extensión cerca de un frondoso árbol.
Sabía que debía prepararse para las malas noticias que Zambrano, su jefe de seguridad, venía a informarle. Una extraña sensación lo embargaba y lo hacía sospechar que algo no marchaba bien.
—Señor Castañeda, disculpe que lo interrumpa.
Con ojos adormilados Jacinto lo miró y apreció la tensión en su rostro, a pesar de que su escolta tenía parte de la cara oculta tras una barba espesa.