Con el alma destruyéndose en pedazos y mi corazón sin fuerza por esa humillación vivida, los guardias procedieron a acomodarme en una de las sillas, tapada con la capa para ocultar la sangre a los ojos de los que vendrían. Sequé mis lágrimas, tragando el sufrimiento para aparentar una máscara de cordialidad fría.
Lipp se sentó a mi lado, comenzó a platicarme sobre los animales de granja que habíamos conocido el día anterior. No podía demostrar el dolor que experimentaba en esos momentos. Por lo