Teo y Susan se hallaban en uno de los callejones solitarios de la ciudad, en medio de la noche, eran dos niños entre ese caos.
—Dime que es lo que quieres. —dijo la niña, mientras se ataba la larga melena pelirroja, para que se disimulara más.
—Tienes que ayudarme a buscar al sujeto. —contestó él, algo solemne, era de suma importancia que pudiera hallarlo.
—¿Al que intentó matarnos? —preguntó ella, incrédula.
—Exactamente, al mercenario pálido. —dijo él, con una sonrisa despreocupada, parecía c