II
Mi pelaje negro me hacía pensar que era una especie de sombra. Después de todo, lo había sido una gran parte de mi vida. Me acostumbré a huir como un estilo, haciendo que no me quedara mucho para lograr sobrevivir. Maya y yo éramos una manada, pequeña, pero no nos abandonábamos jamás. En ese momento crucial pensé en ella, la más hermosa loba de todas las que existen.
Felipe temblaba como una hoja ante la voz de la mujer acaudalada.
—Escucha el trato que tengo que proponerte, conde. —reiteró,