La mañana en Atenas comenzó con una brisa suave que acariciaba las altas ventanas de la oficina de Dimitrios. El sonido del tráfico de la ciudad, siempre vibrante, se filtraba por el ventanal, pero Dimitrios no lo escuchaba realmente. Su mente estaba lejos, perdida en los recuerdos de la noche anterior, en las caricias de Amara, en el fuego que ella había desatado en él. Pero sabía que la realidad lo esperaba, y no podía permitirse perder el enfoque.
La oficina estaba tranquila cuando Dimitrios