Horas después, Amara se encontraba en la oficina de Dimitrios, recostada en el amplio sofá de cuero. Él había cancelado todas sus reuniones del día, dedicándose únicamente a mimarla, acariciando su vientre y enredando sus dedos en el cabello de ella, que caía suelto sobre el mueble. La paz de ese momento era tan reconfortante que Amara casi se quedó dormida bajo sus caricias.
—Me gusta verte así —susurró Dimitrios, apoyando su barbilla en su vientre.
—Así, ¿cómo? —preguntó ella, jugueteando con