Mundo ficciónIniciar sesiónEsa misma tarde, Hunter De Los Santos ocupaba la cabecera de la mesa de juntas.
El edificio de De Los Santos Corporation se elevaba como un monumento al poder: acero, cristal y silencio. Todo allí estaba diseñado para intimidar. Hunter encajaba a la perfección en ese entorno. Su traje oscuro, impecable, parecía una extensión natural de su cuerpo. Elegante. Imponente. Inalcanzable. Escuchaba sin interrumpir. Esa era una de sus mayores virtudes —y uno de sus mayores peligros—: Hunter no reaccionaba de inmediato. Calculaba. Medía. Esperaba el momento exacto para destruir. —Señor —dijo uno de los directivos, rompiendo el silencio—. Nuestros analistas detectaron movimientos inusuales por parte de Black Group. Hunter alzó apenas la mirada. —¿Movimientos de qué tipo? —preguntó con voz baja, controlada. —Adquisición de terrenos estratégicos. Reestructuración interna. Nuevos proyectos de diseño urbano. Están invirtiendo fuerte… y rápido. Un leve silencio recorrió la sala. Hunter apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos con calma absoluta. —Black Group —repitió, como si saboreara el nombre—. Interesante. —Creemos que intentan posicionarse como líderes en el próximo trimestre —añadió otro ejecutivo—. Si continúan así, podrían interferir con nuestras licitaciones. La comisura de los labios de Hunter se curvó apenas. No era una sonrisa. Era algo más frío. —No importa cuánto se muevan —dijo finalmente—. Black Group no puede ir contra mí. Se reclinó en la silla, dominante. —No tienen mi alcance. No tienen mis contactos.Y, sobre todo… no tienen mi paciencia. Nadie respondió. —Manténganlos vigilados —ordenó—. Quiero informes diarios. Cada paso. Cada contrato. Uno de los asistentes revisó su agenda digital. —Mañana por la mañana tiene una reunión importante, señor —informó—. Restaurante Le Clair, a las diez en punto. Hunter asintió. —Perfecto. La reunión terminó poco después. Cuando Hunter salió del edificio, el sol ya comenzaba a descender. La ciudad se rendía ante él como siempre lo había hecho. No sabía aún que Black Group acababa de incorporar una pieza que alteraría por completo su tablero. A varios kilómetros de allí, Camille acababa de llegar a su habitación. Había dejado el bolso sobre la cama cuando su teléfono vibró. Un mensaje nuevo. Black Group — Departamento de Proyectos Camille lo abrió con calma. Buenos Tardes, arquitecta De Los Santos. Mañana a las 9:30 a.m. tendrá una reunión en el restaurante Le Clair con el CEO de Black Group. Adjuntamos las propuestas preliminares para su análisis. Queremos dejar en claro que usted ha sido seleccionada para desarrollar el proyecto. Camille sintió un leve peso en el pecho. No ansiedad. Responsabilidad. Abrió los archivos. Planos. Bocetos. Ideas ambiciosas, complejas, desafiantes. Proyectos que exigían criterio propio, visión, carácter. Pasó las páginas digitales con atención, concentrada, olvidándose por un momento de todo lo demás. Soy capaz, pensó. Esto sí es mío. Cerró el portátil lentamente. Mañana sería su primer día real. Su primera reunión. Su primer paso fuera de la sombra. Ignoraba que ese restaurante, esa hora, ese nombre……ya estaban marcados en el destino de dos hombres que no sabían perder. Y de una mujer que estaba a punto de dejar de obedecer. El amanecer llegó con una suavidad engañosa. La luz se deslizó por la villa como una caricia que no pedía permiso, iluminando mármoles fríos, paredes impecables y pasillos demasiado silenciosos. Camille se encontraba frente al espejo cuando los primeros tonos dorados rozaron su reflejo. No llevaba prisa, pero tampoco dudaba. Había elegido un vestido claro, de corte sencillo, que realzaba su figura sin ostentación. El cabello suelto caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando un rostro sereno, hermoso de una manera silenciosa, madura. No era una belleza que suplicara atención; era una que se imponía sin esfuerzo. Se observó un segundo más. No buscaba aprobación. Buscaba firmeza. Tomó su bolso y salió de la habitación sin mirar atrás. Desde el segundo piso, oculto tras la penumbra del corredor, Hunter De Los Santos la observaba. Sus manos descansaban en la baranda, los nudillos tensos. El rostro endurecido, los ojos oscuros siguiendo cada uno de sus movimientos con una atención peligrosa. Vio cómo ella descendía las escaleras, cómo cruzaba el vestíbulo, cómo abría la puerta principal. Camille no levantó la vista. No sabía que estaba siendo observada. O tal vez sí… y simplemente había dejado de importarle. Hunter apretó la mandíbula cuando la vio salir. Había algo distinto en ella. No podía definirlo con exactitud, pero lo sintió con claridad. No era rebeldía. No era desafío abierto. Era algo más inquietante: distancia. —¿A dónde crees que vas? —murmuró para sí, con voz baja y peligrosa. La puerta se cerró. Y por primera vez en mucho tiempo, Hunter sintió que algo se movía fuera de su control. A la misma hora, Antony Alarcón estaba de pie frente a su escritorio. La oficina de la Black Group era un reflejo exacto de su dueño: moderna, sobria, poderosa sin exceso. Antony sostenía una tablet en las manos, recorriendo con atención el archivo que su asistente había preparado durante la madrugada. Camille De Los Santos. Arquitecta. No era la primera vez que leía su nombre. Ya antes de conocer su estado civil, algo en su perfil le había llamado la atención: proyectos premiados, ideas audaces, una visión urbana poco común. Una mujer que diseñaba espacios pensando en las personas, no en el ego del inversionista. Avanzó por el informe. Formación impecable. Trayectoria interrumpida abruptamente. Tres años sin ejercer activamente. Antony frunció el ceño. Eso no era falta de talento. Era renuncia forzada. Siguió leyendo. Cuando llegó a la sección de estado civil, se detuvo apenas un segundo. Esposa de Hunter De Los Santos. Antony no mostró sorpresa. Solo comprensión. —Así que eras tú… —murmuró. Pero lo cierto era que su interés por Camille había nacido mucho antes de esa línea. Antes del apellido. Antes del matrimonio. Lo que le intrigaba era ella. Su forma de expresarse. Su mirada firme durante la entrevista. La calma con la que ocupaba un espacio que no pedía permiso para habitar. —Prepárame el coche —ordenó a su asistente—. Llegaremos temprano. Guardó la tablet. Antony Alarcón no creía en coincidencias. Y si Camille había llegado a su empresa en ese momento exacto, era porque algo estaba por cambiar. El restaurante Le Clair despertaba con elegancia. Mesas perfectamente dispuestas, ventanales amplios, luz natural entrando sin timidez. Camille llegó unos minutos antes de la hora pactada. Se sentó, colocó su bolso a un lado y respiró hondo. No estaba nerviosa. Estaba concentrada. Antony llegó poco después. —Buenos días, arquitecta —saludó con una inclinación leve de cabeza—. Puntualidad impecable. —Buenos días, señor Alarcón. Se sentaron frente a frente. La conversación fluyó de inmediato, profesional, precisa. Hablaron de la propuesta, de los retos estructurales, de la identidad que el proyecto debía transmitir. Camille expuso sus ideas con seguridad, señalando detalles en los planos, defendiendo conceptos con argumentos sólidos. Antony la escuchaba con atención absoluta. No la interrumpía. No la subestimaba. Un tercer hombre se unió a la mesa minutos después: socio estratégico de Black Group. Elegante, de sonrisa fácil, mirada curiosa. Desde el primer instante, sus ojos se posaron en Camille con un interés que iba más allá de lo profesional. —Así que usted es la arquitecta de la que Antony no deja de hablar —comentó con ligereza. Camille respondió con una sonrisa educada, distante . —Solo hacemos nuestro trabajo. El socio rió suavemente, claramente encantado. Antony lo notó. No dijo nada. Pero algo en su mirada se endureció apenas. La reunión avanzó con éxito. Proyectos aprobados. Ideas celebradas. Camille se sentía en su elemento, olvidando por completo la villa, las amenazas, las sombras. Hasta que el ambiente cambió. El murmullo del restaurante se alteró sutilmente. Un silencio expectante recorrió el lugar, como si la atmósfera misma se tensara. Camille no lo notó de inmediato. Antony sí. La puerta principal se abrió. Hunter De Los Santos entró. Su presencia era imposible de ignorar. Traje oscuro, porte dominante, mirada fría recorriendo el lugar con la seguridad de quien se sabe dueño del terreno que pisa. Avanzó unos pasos… y entonces la vio. Camille. Sentada. Serena. Frente a Antony Alarcón. Y otro hombre. El mundo pareció detenerse. Los ojos de Hunter se oscurecieron peligrosamente. Su mandíbula se tensó, los músculos de su rostro se endurecieron hasta volverse impenetrables. No era sorpresa lo que sentía. Era posesión herida. Antony levantó la vista en ese instante. Y lo reconoció. Dos imperios frente a frente. Dos voluntades incapaces de ceder. Entre ellos Camille.






