El primer sorbo de té baja por mi garganta con una calidez reconfortante, el sabor es suave, familiar. Bebo en silencio, disfrutando el momento, pero Killiam sigue aquí, sentado a mi lado. No parece tener prisa por irse, y aunque no lo diga en voz alta, sé que se queda por cortesía, quizás por asegurarse de que estoy bien.
—Killiam —llamo su atención y él alza la mirada—. ¿Seguirás siendo mi guardaespaldas?
—Sí —asiente con firmeza—. Hasta ahora, no he recibido ninguna orden para dejar de serlo