Mundo de ficçãoIniciar sessãoEsmeralda sabía que debía irse.
Lo sabía con la claridad de una mujer adulta, inteligente, CEO de una empresa tecnológica y dueña de al menos tres neuronas todavía funcionales. Pero Jason Russel acababa de decirle que la respetaba, que algún día ella iba a ganarle, y luego se había largado hacia la barra como si no hubiese dejado su sistema nervioso tirado en medio del penthouse. Así que hizo lo único razonable. Lo siguió. Esperó exactamente dos minutos, fingió escuchar a Nadia decir algo sobre “respirar profundo” y caminó hacia la barra con la expresión firme de quien solo va por una bebida. Solo una. La mentira duró hasta que Jason levantó la mirada y la vio acercarse. —Rivera. —Espero que no haya reservado toda la barra para su ego. Jason apoyó un codo sobre la superficie pulida, con esa calma insoportable de hombre que sabía perfectamente que ella iba a aparecer. —No cabría. —Qué alivio. Reconoce sus limitaciones. Él sonrió apenas y deslizó una copa hacia ella. —Whisky. Esme miró el vaso. —¿Está intentando emborracharme? —No necesito intentarlo. Usted parece bastante decidida. —Estoy celebrando. —¿Mi victoria? Ella tomó la copa y bebió un sorbo. El ardor bajó por su garganta con la sutileza de un incendio, pero no hizo ni un gesto porque antes muerta que darle esa satisfacción. —Su derrota futura. Jason soltó una risa baja, una de esas que no parecían hechas para el público, sino para molestarla en privado. —Entonces brindo por eso. Alzó su vaso y Esme chocó la copa contra la suya con más fuerza de la necesaria. —Por mi futura victoria. —Por verla intentarlo. Esme no supo en qué momento una bebida se convirtió en cuatro y desde ahí perdió la cuenta, solo sabía que estaba muy ebria junto a su rival. Y ahí estaban. Bebiendo juntos. Porque ninguno quería retirarse primero. —Dígame algo, Russel —murmuró ella casi arrastrando las palabras, apoyando un codo en la barra con una sonrisa que ya no era del todo sobria—. ¿Siempre gana porque es bueno o porque todos los demás se cansan de soportarlo? —Como rival hace buenas preguntas. —No intente seducirme con respeto profesional. —¿Funcionaría? —No. —Respondió muy rápido. —Porque la respuesta era fácil. Jason se acercó apenas, lo suficiente para que su voz bajara entre ambos. —Nada con usted es fácil, Esmeralda. El nombre le rozó la piel como una provocación, aunque seguía usando ese tono formal, controlado, casi correcto. Eso lo hacía peor. Como si estuvieran jugando a ser educados mientras el aire entre ellos empezaba a prenderse fuego. Antes de que ella pudiera contestar, un inversionista mayor, claramente borracho y demasiado feliz con la vida, apareció junto a ellos con una copa en alto. —¡Ustedes dos! Lo digo y lo sostengo: Jason Russel y Esmeralda Rivera serían una pareja explosiva. ¡La fusión más peligrosa del mercado! Esme casi se atragantó con el whisky. Jason, por supuesto, no, él solo sonrió demasiado tranquilo. —No le dé ideas —dijo Esme, recuperando el aire. —¿Ideas? Querida, medio salón ya las tiene. Mírenlos. Se pelean como si firmaran contratos con los ojos. Esme sintió calor en las mejillas al notar que, en efecto, más de un par de miradas estaban puestas sobre ellos. —La gente bebe demasiado en estas fiestas. —Algunas personas ven con más claridad cuando beben —respondió Jason. Ella lo miró de inmediato. —¿Está de acuerdo con él? —Estoy de acuerdo en que somos explosivos. —Qué conveniente. —No dije que fuera buena idea. —Por primera vez coincidimos en algo. El inversionista se alejó riendo, satisfecho con haber lanzado una granada y marcharse antes de la explosión. Jason dejó la copa sobre la barra y la miró de una manera que hizo que el ruido del penthouse bajara de golpe. —No, Rivera. Coincidimos en muchas cosas. Solo que usted prefiere llamarlas guerra. Esme sostuvo su mirada. Quizá fue el alcohol. Quizá el orgullo. Quizá la rabia acumulada de tres años perdiendo contra él mientras él la miraba como si la hubiera visto desde el principio. Pero algo en ella se aflojó. —Usted gana porque no tiene nada que perder, Russel. Yo sí. La sonrisa de Jason desapareció al escuchar aquello. Algo en sus ojos se cerró, como si ella hubiera tocado una fibra sensible que no sabía que estaba ahí. Esme lo notó demasiado tarde cuando él soltó una risa breve, sin humor. —¿Eso cree, Rivera? Esme se quedó quieta. Por primera vez desde que lo conocía, Jason Russel no parecía invencible. Parecía un hombre al que alguien le había arrancado algo y que había aprendido a vestir la pérdida con trajes caros. Él se inclinó apenas hacia ella. —Tengo muchas cosas que perder, pero, ¿quiere saber qué me da más miedo perder? —¿Qué? Jason la miró demasiado, como si estuviera borracho, sí, pero no perdido. —A ti. Esme dejó de respirar con su respuesta inesperada, mientras sentía que el mundo hacía una pausa absurda. "¿Qué? ¿A mí?" Luego ella soltó una carcajada, porque era lo más absurdo que había escuchado salir de su boca. —Dios, Russel. ¿Cuánto bebió? Jason no se rió y eso fue lo peor. —Lo suficiente para decir la verdad. —No. Suficiente para decir locuras. —Tal vez ambas. Esme negó con la cabeza, aunque su cuerpo seguía demasiado pendiente de él, de su voz, de sus ojos, de esa manera en que la miraba como si acabara de confesar algo que llevaba años tragándose. —Usted está completamente borracho. Y aun así se atreve a decirme algo así. Jason bajó la mirada a su boca por un segundo y volvió a sus ojos. —Aun así. A Esme le ardió la piel y estaba demasiado borracha como para obligar a su corazón que dejara de latir tan rápido. “Es una broma. Es Jason intentando desestabilizarme otra vez.” Y si había algo que Esmeralda Rivera detestaba más que perder, era que Jason Russel creyera que podía hacerla retroceder. Ella levantó la barbilla. —¿Qué es lo que pretende? —Quiero saber hasta dónde llega su valentía. Esme soltó una risa incrédula. —¿Mi valentía? Acabo de perder un premio frente a usted por tercera vez y aun así vine a esta barra. Créame, valentía me sobra. —Entonces demuéstrelo. Al escuchar esas dos palabras, el orgullo le mordió el pecho, el alcohol aplaudió, y la lógica, pobre y sola, intentó levantar una mano desde algún rincón de su cabeza, pero nadie la escuchó. —¿Cómo quiere que se lo demuestre? Jason sostuvo su mirada en silencio por unos segundos, y Esme casi se pierde en sus ojos grises que brillaban aún bajo la tenue luz. —Apuesto lo que quiera a que no se atreve a casarse conmigo Esme parpadeó más veces de las que debía, al mismo tiempo que su pulso se aceleraba, y luego volvió a reír más fuerte. —¿Perdón? Jason se acomodó más cerca de ella, y mirándola a los ojos repitió aquella frase que Esmeralda no podía creer, tuteandola por segunda vez. —Cásate conmigo, Esmeralda. Su nombre en esa frase fue un golpe directo al pecho. Ella no podía creer que ese hombre estaba hablando en serio, estaba borracho, tal vez menos que ella, pero borracho al fin. —Está borracho. —Un poco. —Y usted me detesta. —Nunca dije eso. Esme dejó de reír poco a poco porque Jason no estaba jugando como debería. No tenía esa sonrisa burlona. No tenía esa arrogancia fácil. La estaba mirando como si estuviera hablando de un asunto muy importante. —¿Dónde está la cámara oculta? —No hay cámara oculta. Me está diciendo que tiene valentía, la estoy retando a que lo demuestre. Reto. Esmeralda Rivera podía resistir muchas cosas. La arrogancia masculina. Las derrotas públicas. Pero un reto de Jason Russel, borracho, intenso y mirándola como si ella fuera la única salida a su incendio privado… Eso era otra categoría de estupidez. —Está bien —dijo ella. Jason se quedó inmóvil con su respuesta. —¿Está bien? —Si quiere humillarse en público con una propuesta absurda, no voy a quitarle el gusto. Los ojos de Jason de pronto brillaron y Esme no pudo pasar por desapercibido la sonrisa casi inexistente que apareció en su rostro. —Entonces vamos. —¿A dónde? Él tomó su mano sin importarle que estaban en público y que probablemente mañana estarían en la primera portada de una revista de farándula. "Del odio al amor hay un paso." En realidad, todo dejó de importarle desde que ella aceptó su propuesta. —A casarnos. Esme miró sus dedos unidos y su corazón dio un vuelco al sentir su calor por primera vez. Debió soltarse. Debió llamar a Nadia. Pero Jason Russel la miraba como si el mundo entero acabara de reducirse a esa respuesta... a ella. Y Esmeralda, con el orgullo herido, el pulso desbocado y demasiado alcohol en la sangre, cometió el error de sonreír. —Después no diga que no se lo advertí, Jason Russel.






