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Váyase al infierno, Russel.

Esmeralda necesitaba un trago.

Uno fuerte.

Uno que borrara la sonrisa arrogante de Jason Russel, su falsa modestia, su voz peligrosa y la manera en la que se había permitido decirle “cada año está más cerca” como si fuera un halago y no un puñetazo directo a su ego.

En cuanto terminó la premiación, la multitud comenzó a desplazarse hacia el ascensor que llevaba al penthouse del hotel, donde se celebraba la fiesta oficial del evento. La típica fiesta ridículamente exclusiva donde los ricos jugaban a ser aún más ricos mientras fingían hablar de innovación.

Esme no quería ir.

Pero, por supuesto, Nadia ya la estaba empujando.

—Vas a ir. Punto —sentenció su amiga mientras caminaban hacia la barra del lobby—. ¿Vas a dejar que ese estuche de arrogancia te intimide?

—No me intimida.

Leo soltó una carcajada.

—Claro que no. Solo casi te quita la respiración cuando te dijo que estabas más cerca.

Esme le dio un golpecito en el brazo.

—Cállate.

—No dije nada falso.

—Dijiste demasiado.

Pero tenía razón.

Esme lo odiaba, pero Jason Russel tenía esa capacidad inexplicable de hacerla perder el equilibrio sin tocarla. Como si su presencia alterara cada molécula de aire a su alrededor.

Era irritante. Absolutamente irritante.

—No te puedes ir —agregó Nadia—. Ha sido tu tercera derrota. Se necesita redención.

—O alcohol —respondió Leo.

—Ambas —dijo Esme.

Cuando llegaron al penthouse, las puertas del ascensor se abrieron a un universo paralelo: música elegante, mesas llenas de champán, ventanales enormes con Las Vegas brillando abajo, mujeres en vestidos imposibles y hombres en trajes demasiado caros para tener conciencia.

Y en el centro, como siempre, él.

Jason Russel.

Acariciado visualmente por todas las mujeres presentes.

Habían seis alrededor de él.

Esme las contó sin querer.

Por estudio sociológico, claramente.

—Ay, no… —susurró Nadia—. ¿Por qué siempre parece salido de un comercial de whisky caro?

—Porque es un comercial de whisky caro —dijo Leo—. El whisky es él. Lo caro es su ego.

Esme tragó saliva y se contuvo de poner sus ojos en blanco frente a tantas miradas.

Odiaba admitirlo, pero Jason parecía creado en laboratorio para arruinar la paz mental de cualquier mujer con sentido común, bastaba con sus ojos grises.

Pero ella no era cualquier mujer, así que necesitaba comportarse como la CEO que era.

Iba a caminar hacia la terraza para tomar aire cuando, por supuesto, una voz profunda y demasiado segura la detuvo.

—Rivera.

Ella cerró los ojos un segundo.

“No, no, no.”

No quería enfrentarlo todavía.

Pero claro, Jason siempre sabía cuándo aparecer. Como las deudas, las malas noticias y los hombres demasiado guapos para ser saludables.

Se giró con la mejor expresión neutral que pudo reunir.

—Russel.

Jason estaba solo ahora.

Como si hubiese abandonado a su ejército de admiradoras en cuanto la vio cruzar la puerta.

Y su mirada…

Esa mirada fija, intensa, que siempre parecía querer más de lo que debía.

—Pensé que no vendría —dijo él, con una copa en la mano y una calma peligrosa.

—Y yo pensé que usted tendría ocupada toda la noche con sus admiradoras —respondió Esme, inclinando apenas la cabeza hacia las mujeres que lo miraban desde lejos.

Jason sonrió de lado, lento, como si disfrutara demasiado.

—No son mi tipo.

Esa frase le recorrió la columna.

—¿Y cuál es su tipo? —preguntó Nadia desde atrás, metiendo su nariz donde nadie la había llamado.

Esme quiso pisarle el zapato.

Jason giró la mirada hacia Nadia con un gesto educado y luego volvió a Esme, como si la respuesta fuera obvia. Como si hubiese estado frente a él desde hacía años.

—Me gustan las mujeres talentosas, inteligentes, peligrosas. Las que pueden destruirme con una sola frase.

Esme sintió el corazón golpearle el pecho.

No estaba preparada, pero su lengua siempre era más rápida que sus emociones.

—Entonces debería cuidarse. Yo soy muy creativa cuando detesto a alguien.

Jason soltó una carcajada suave. Una que Esme nunca le había escuchado tan cerca.

—Lo sé —contestó él, mirándola como si fuera un problema delicioso.

Leo se aclaró la garganta.

—Ejem. Disculpen interrumpirlos, pero vinimos a disfrutar de la celebración.

Jason lo observó con la mirada más fría que Esme había visto jamás.

Jason Russel no era de los hombres que se delataban con escándalos. Pero la tensión en su mandíbula, el modo en que sus ojos bajaron al punto donde Leo sostenía la cintura de Esmeralda, dejaba mucho qué pensar.

—¿Sigue viniendo con su novio? —preguntó Jason, con una neutralidad tan falsa que daba risa.

—No es mi novio.

La expresión de Jason cambió casi de inmediato, se suavizó casi imperceptiblemente, pero lo hizo.

—Ah. Me alegra saberlo —susurró él y las piernas de Esme temblaron.

Ridículo.

Inaceptable.

Ella retrocedió medio paso, intentando recuperar control.

—Déjeme adivinar —dijo, forzando una sonrisa—. ¿Vino a presumirme su premio? ¿Quiere una foto conmigo para decorar su derrota favorita?

—No vine a presumirle nada. Vine porque quería hablar con usted.

—¿Hablar? ¿Sobre qué? ¿Sobre cómo perdí otra vez?

Jason alzó una ceja.

—Sobre cómo estuvo más cerca que nunca.

Esme no supo qué decir, la garganta se le cerró.

Jason, como si no estuviera destruyéndola con esa mirada, añadió:

—Quería decirle que la respeto, Rivera. Aunque le irrite.

Esme sintió que el aire abandonaba sus pulmones, como un golpe directo en el pecho.

—¿Y por qué me diría eso hoy?

—Porque sé que algún día va a ganarme.

—¿Qué?

—Y quiero que sepa que no voy a enfadarme cuando pase. Solo voy a intentar evitarlo.

Esme abrió la boca, pero no nada salió.

Nadia la empujó disimuladamente para que respondiera.

Esme tragó en seco, respiró y dijo lo primero que pudo articular:

—No le voy a agradecer nada.

Jason sonrió como si hubiese esperado esa respuesta y un brillo malicioso iluminó sus ojos.

—Tampoco lo esperaba.

—¿Ya terminó de intimidarme?

—No la intimido —murmuró él, acercándose lo suficiente como para que su brazo rozara el de ella—. Solo quiero ver cuánto puede enfrentarme antes de explotar.

Esme se quedó sin aire.

Por enésima vez.

Tenía que controlarse. Tenía que recordar que estaba en un penthouse lleno de prensa, inversionistas y personas que pagarían por verla perder la compostura frente a Jason Russel.

—Váyase al infierno, Russel —susurró, con una voz que sonó demasiado baja para ser solo rabia.

—La acompaño cuando quiera.

Esme sintió que el estómago se le caía, sus mejillas ardieron, y su mente gritó:

“Peligro, peligro, peligro.”

Y antes de que pudiera lanzarle la copa encima, Jason habló una última vez.

—Nos vemos en la barra, Rivera. Esta noche apenas empieza.

La dejó ahí, con Nadia boquiabierta, Leo frunciendo el ceño y la sangre hirviendo en sus venas.

La noche recién comenzaba.

Y Jason Russel también.

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