Mundo ficciónIniciar sesión"¿En serio estoy haciendo esto?"
Esmeralda Rivera no sabía en qué momento una noche de derrota se había convertido en caminar por Las Vegas tomada de la mano de su rival. Pero ahí estaba. Con el whisky haciendo estragos en su sangre, los tacones amenazando con traicionarla a cada paso y Jason sujetándola con una firmeza que le irritaba tanto como le encantaba. Eso último no. Eso último era culpa del alcohol. Definitivamente. Esmeralda soltó una risa al ver el letrero rosa de una capilla pequeña que Jason escogió entre tantas, iluminada como si hubiera nacido exclusivamente para arruinar reputaciones. No podía creer que hubiese llegado a ese punto. Todo por un reto, y ella, en lugar de hacer lo sensato, había aceptado. Porque estaba ebria. Porque estaba furiosa. Porque su orgullo tenía tendencias suicidas. Y por ese dicho que decía, lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Aquello solo sería una anécdota. Una prueba más de que Jason Russel sacaba lo peor de ella. Jason se detuvo frente a la entrada de la capilla y la miró de reojo. —Está a tiempo de arrepentirse, Rivera. El orgullo de Esme levantó la cabeza antes que su cordura. —Ni lo sueñe, Russel. La sonrisa de Jason fue demasiado mínima y demasiado seria para alguien que estaba jugando. Pero Esme no estaba en condiciones de analizar sutilezas. Su cabeza tenía demasiadas luces, demasiado whisky y demasiada memoria de la boca de Jason acercándose a la suya sin llegar a tocarla. El interior de la capilla era pequeño, con luces doradas, rosas de plástico y un hombre vestido de Elvis que parecía haber perdido toda capacidad de sorpresa hacía años. Esme parpadeó. No estaba segura de si el Elvis era real o si el alcohol ya había empezado a decorar la realidad. Detrás del mostrador, una mujer de lentes rojos les pidió identificaciones con naturalidad. Jason sacó la suya de inmediato. Por supuesto. Jason Russel probablemente tenía documentos listos incluso para un apocalipsis. Esme buscó la suya en el bolso con torpeza, tratando de mantener una dignidad que a esas alturas estaba colgando de un hilo muy delgado. La mujer les entregó unos papeles que Esme intentó leerlos. Lo intentó de verdad. Pero las letras se movían. O quizá era su cabeza. O quizá el whisky había decidido convertir la lectura en una actividad extrema. Jason se inclinó a su lado, lo bastante cerca para que su perfume le nublara la poca lógica que le quedaba. —Firme aquí. La voz le rozó el oído y Esme sintió un escalofrío absurdo recorrerle la espalda hasta alojarse en su nuca. Debió preguntar. Debió leer. Debió recordar que las mujeres inteligentes no firman nada estando ebrias, mucho menos al lado de un hombre que llevaba tres años arruinándole la estabilidad mental. Pero aquello no era más que una boda falsa. Era Las Vegas y había un Elvis. Nada que involucrara a Elvis podía acabar en una consecuencia legal seria. Ese pensamiento le pareció completamente razonable en ese momento. Tomó el bolígrafo y dibujó algo parecido a su firma. —Ya está. Jason observó el trazo en silencio y luego tomó el bolígrafo para firmar después de ella. Su letra, por supuesto, salió impecable, elegante, perfectamente legible. "Insoportable hasta para firmar una locura." El Elvis los condujo hacia una salita con un arco blanco decorado con rosas rojas. Esme casi se echó a reír al ver la escena, pero la risa se le quedó atrapada cuando Jason volvió a tomarle la mano. No la sujetó como si la estuviera guiando por una broma. No. La sujetó como si no pensara soltarla. Eso le dio un vuelco raro al pecho, y quiso pensar que era por el alcohol. Elvis se colocó frente a ellos con una solemnidad absurda y comenzó a hablar. Esme escuchó su nombre junto al de Jason y sintió que algo pequeño, escondido debajo de toda su borrachera, despertaba un segundo. Jason Russel y Esmeralda Rivera. Sonaba imposible. Ridículo. Peligroso. También sonaba demasiado bien, y ese fue un pensamiento que decidió ignorar con violencia. —Pueden decir sus votos. Esme miró a Jason. Él no parecía sorprendido. Jason Russel nunca parecía sorprendido. Ni borracho, ni en una capilla, ni a punto de fingir un matrimonio con su archienemiga. Ella respiró hondo, se acomodó el cabello y reunió los restos de su dignidad. —Jason Russel, prometo no sabotear sus servidores durante nuestra luna de miel. Prometo recordarle cada vez que pueda que algún día voy a ganarle, y cuando eso pase, intentaré no sonreír demasiado frente a las cámaras. Prometo también fingir que esta noche no ocurrió si mañana despierto con dignidad suficiente para hacerlo. Y prometo que, si esta boda absurda llega a contar para algo, será como prueba de que usted es la peor influencia que he conocido en mi vida. Terminó con una sonrisa victoriosa, esperando que Jason se riera. Pero Jason no se rió. La miró como si aquellas tonterías fueran algo valioso, algo que ella no sabía que había entregado. Luego habló y su voz suave pero seria cambió el aire. —Esmeralda Rivera, prometo no subestimarla nunca. Prometo recordar que es la única persona capaz de desafiarme y alterar mis nervios, de irritarme con una frase y de obligarme a mirar dos veces una sala donde creía tenerlo todo bajo control. Prometo disfrutar cada intento suyo de destruirme, porque nadie lo hace tan bien como usted. Y prometo recordar esta noche todos los días de mi vida, incluso si mañana intenta convencerse de que fue una locura sin importancia. A Esme se le borró la sonrisa poco a poco. Incluso ebria, incluso confundida, algo en los votos de Jason sonó demasiado real. El Elvis preguntó si Jason aceptaba a Esmeralda como esposa. Jason no dudó ni un segundo. —Sí, acepto. Esme sintió que el corazón le golpeaba raro, como si una parte diminuta y sobria de ella hubiera entendido algo antes que el resto. Luego Elvis giró hacia ella. Le preguntó si aceptaba a Jason como esposo. La respuesta sensata era no. La respuesta lógica era no. La respuesta de cualquier CEO sobria, responsable y con amor por su futuro era definitivamente no. Pero esa mujer no estaba disponible. En su lugar estaba una Esmeralda ebria, orgullosa, con el pulso desordenado y la cabeza llena de whisky y Jason Russel. Así que sonrió. —Sí, acepto. Jason cerró los ojos por un segundo como si sintiera un alivio inmediato en su cuerpo. Como si él hubiese esperado aquello. Como si le importara. Como si no fuera una locura más de Las Vegas.Elvis sacó de una pequeña bandeja dos anillos sencillos, dorados y ridículamente brillantes.
"¿También había anillos?"
Jason tomó el más pequeño y deslizó el aro en el dedo de Esmeralda con una lentitud que le robó el aire.
Esme tragó saliva y luego tomó el otro anillo y se lo colocó a Jason, intentando hacerlo con rapidez, pero sus dedos temblaron apenas al rozar su mano.
Jason la miró como si hubiera sentido ese temblor.
Maldito.
—Puede besar a la novia. Esme reaccionó de inmediato al escuchar aquellas palabras. No. Eso no estaba en el plan. No iba a besar a su peor enemigo. —No tiene que hacerlo. Eso debió aliviarla. No lo hizo. Porque Esmeralda no podía permitir que él creyera que un insignificante beso suyo la asustaba. Así que hizo lo más estúpido posible. Lo tomó del rostro y lo besó, dejando a Jason sorprendido por primera vez. Al principio fue un impulso, un golpe de orgullo, una forma torpe de demostrar que todavía tenía el control. Pero Jason respondió enseguida con una contención que le desarmó las rodillas. La besó como si hubiese esperado demasiado tiempo y aun así tuviera miedo de tomar más de lo que ella estaba dispuesta a dar. Eso fue peor. Porque Esme había besado hombres antes, por supuesto que sí. Pero ninguno la había hecho olvidar en tres segundos dónde estaba, quién era, qué estaba haciendo y por qué aquello era una pésima idea. Solo podía pensar en que Jason Russel besaba jodidamente bien. Cuando se separó, necesitó un segundo para recordar que lo detestaba. —¡Sonrían! La mujer de lentes rojos apareció con una cámara instantánea y el flash los cegó antes de que Esme pudiera recomponerse. La foto salió segundos después. Ella aparecía con los ojos brillantes, las mejillas encendidas y una sonrisa peligrosa. Jason, en cambio, no miraba a la cámara. La miraba a ella. —Felicitaciones a los recién casados. La mujer les entregó un certificado. Esme lo leyó a medias, todavía con la boca ardiendo, y soltó una risa débil. Le resultaba impresionante lo real que parecía, pero su cabeza empapada en whisky y orgullo, decidió no detenerse en ese detalle. Jason tomó el papel con cuidado, como quien guarda algo importante, lo dobló con precisión y lo metió en el bolsillo interno de su saco, justo contra el pecho. —Mañana va a arrepentirse de esto, Jason. Jason la miró entonces y su sonrisa no tuvo nada de borracha. —No, Esmeralda. Nunca me arrepiento.






