—No entiendo... —susurré.
Mis manos, entrelazadas sobre mi regazo, no dejaban de agitarse.
—No seas ingenua, piccola —escupió Donato, inclinándose hacia mí. Su aliento a café y tabaco me revolvió el estómago—. No te recibimos por caridad. Eres la esposa del hombre que maneja los hilos en Rusia para los Romanov. Has dormido en su cama, has caminado por sus pasillos, has escuchado sus llamadas. Queremos todo.
No hubo palabras suaves. Las preguntas comenzaron a caer una tras otra, rápidas, afilada