—No entiendo... —susurré.
Mis manos, entrelazadas sobre mi regazo, no dejaban de agitarse.
—No seas ingenua, piccola —escupió Donato, inclinándose hacia mí. Su aliento a café y tabaco me revolvió el estómago—. No te recibimos por caridad. Eres la esposa del hombre que maneja los hilos en Rusia para los Romanov. Has dormido en su cama, has caminado por sus pasillos, has escuchado sus llamadas. Queremos todo.
No hubo palabras suaves. Las preguntas comenzaron a caer una tras otra, rápidas, afiladas, sin darme tiempo a recuperar el aliento que ya me faltaba.
—¿Cuántos hombres custodian la mansión Romanov? ¿Cómo se organizan los turnos?
—Rutas de suministro en el puerto de Odessa. ¿Cuáles son?
—¿Quién manda cuando él no está? ¿Es Akin? ¿O el impulsivo de Adrik?
—¿Cómo entran los cargamentos a San Petersburgo sin pasar por la aduana?
—Dinos los códigos de frecuencia de su sistema de radio. ¡Dinos dónde se siente invulnerable!
Cada pregunta era un golpe directo al pecho. Sentía el sudor frío