—¿Desea ayuda, señora Myriam? —indagó la joven empleada de quién sospechaban al día siguiente.
Myriam ladeó los labios, sonrió para sus adentros.
—Por favor —solicitó. —Saca la ropa de mi esposo de esos cajones, necesito espacio para la mía —indicó.
—Claro, señora —contestó la chica—, no quiero ser indiscreta, no comprendo por qué sus cosas estaban en la otra habitación —murmuró.
—Entiendo —dijo Myriam sonriente—, lo que pasa que a Gerald no le agradan los cambios, tiene sus secretos en