En horas de la tarde mientras Myriam despachaba unos pendientes, alguien tocó a su puerta.
—Adelante —expuso, entonces se sorprendió al ver a su gran amigo Rubén, le brindó una sonrisa y lo invitó a seguir. —¿Cómo estás? —indagó.
El joven la observó atento, la recorrió con discreción con la mirada, ella se veía radiante, muy elegante, distinta a la mujer que padeció tantos meses atrás, se alegró por ella, pues consideraba que Myriam merecía eso y más.
—Vine a disculparme contigo —expresó—