Gerald llegó a su casa, se quitó la corbata, y el saco, se quedó pensativo, tomó la fotografía del pequeño y lo observó con ternura.
—No voy a permitir que nadie te lastime y mucho menos que ese infeliz de Raymond Wilson ocupe mi lugar —sentenció—, vamos a estar juntos, y te enseñaré tantas cosas. —Parpadeó y la voz se le quebró—, yo no seré igual que mi padre —aseguró.
Luego observó a Myriam, y resopló, ahí entendió que esa mujer tendría que traspasar los muros de su privacidad, que tendrí