—Estamos por aterrizar, Slákaya—Me remuevo en mi asiento y me enderezó. Me senté a leer una revista para dejar a Vladímir trabajar y me quedé dormida.
Maldito cambio de horario.
Miro por la ventanilla y veo la luz del día. Nueve horas de vuelo me han dejado desorientada.
Observo a Vladímir que está de pie frente a mí. Se ha cambiado y ahora lleva un suéter negro un poco más grueso y vaqueros desteñidos. Yo me había puesto unos vaqueros y un suéter manga larga, color blanco.
—¿Qué hora es? —Preg