Elizabeth
Me despertaron unos besos en el cuello, cálidos y persistentes, que poco a poco se movieron hacia mis labios. Aún medio dormida, los seguí sin pensar.
—Chiquita, debería estar muy enfadado, pero prefiero que me des lo que me debes —dijo Ricardo con su voz ronca, sus palabras vibrando en mi piel.
—¿Y qué te debo? —pregunté, tratando de enfocarme, pero su cercanía hacía difícil pensar con claridad.
—Dos días de sexo, preciosa —respondió con una sonrisa que no presagiaba nada