Si no eres mía, no eres de nadie.
La desesperación era un sentimiento que se había instalado en mi pecho, una sensación que no me soltaba. Toqué la puerta toda la noche, rogando que alguien me escuchara, pero fui ignorada. No podía creer que, por mi culpa, la vida de mi bebé estuviera en riesgo. Si pudiera, le avisaría a Ro, pero estaba atrapada, sin opciones.
Finalmente, decidí que no podía esperar más. Me puse un vestido negro que encontré en el clóset, mis manos temblaban al alisarlo. Observé la ventana y noté que no tenía r