Abrí los ojos cuando sentí unos bracitos pequeños abrazando mis piernas. Sabía perfectamente quién era sin necesidad de mirar. "Mi pequeño Chris", pensé mientras acariciaba su cabello. Pero el suave momento se rompió abruptamente cuando la voz fría de Raúl resonó en la habitación.
—Rosana, llévalo —le ordenó con dureza.
—¡Lo que hagas, que lo vea él! —replico desafiante, mi tono cortante como una navaja.
Mi corazón se encogió de terror. No quería que mi hijo presenciara la crueldad de a quien c