Luciana pasó todo el día recostada en su habitación, envuelta en sus propios pensamientos, hasta que su madre, Ximena, llegó al caer la tarde.
—Cariño, levántate —dijo su madre, asomándose por la puerta—. Papá reservó lugares en tu restaurante favorito.
—No tengo ganas, mamá —respondió Luciana con voz apagada, sin ni siquiera moverse de la cama.
Ximena, sin darse por vencida, entró en la habitación y se sentó a su lado.
—Vamos, cariño —le dijo suavemente, acariciándole el brazo—. Ponte