Santi comenzó a llorar desesperadamente, como si entendiera la gravedad de lo que estaba ocurriendo o, quizás, lo asustaron mis gritos o los truenos de la tormenta. Su llanto resonaba en la habitación, sumándose al caos que me rodeaba.
—¡Déjame ir! —Supliqué con voz temblorosa, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado en mi pecho.
—¡Cállate, estúpida! —gruñó Raúl, su rostro deformado por la furia.
Intenté golpearlo, desesperada por liberarme, pero fue más rápido. Sujetó mis manos con fuerza y