Domingo por la mañana. Desperté envuelta en calor.
El brazo de León alrededor de mi cintura. Su pecho contra mi espalda. Su respiración constante en mi cuello. Todavía dormido.
Me quedé inmóvil por un momento procesando la realidad.
Había pasado. Realmente había pasado.
Habíamos cruzado la línea. Completamente. Sin retrocesos. Sin interrupciones.
Y ahora estaba en su cama—nuestra cama—en la mañana siguiente, sintiéndome simultáneamente satisfecha y vulnerable de una forma completamente nueva.
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